lo homogéneo es inhóspito

Llevo tiempo dando vueltas a un asunto simple, me preocupa si somos conscientes de lo que representamos en esa sociedad que deseamos reconstruir. Si somos conscientes de que podemos ser también ese 1% dentro de ese 99%. Si somos conscientes de que tambien hablamos desde posiciones de privilegio y en ocasiones nada o muy poco inmersas en esa proximidad que reclamamos o que ponemos como principio. Tampoco sé si lo que hacemos parte de la convicción o de la corriente. Si somos de nuevo correa de transmisión. Si estamos encantados de conocernos y por eso predicamos. Y si desde esa posición vamos construyendo el mundo que, desde nuestro particular observatorio nos parece el más necesario, el más lógico, el más justo… Y si hablamos entre nosotros como si no existiese un afuera, o como si ese afuera tuviese la necesidad absoluta de nosotros y de nuestra sabiduría. Si no formamos otro quiosco de intelectualidad creativa. O si esos llamados ecosistemas no son sino estanques… Si no estamos reproduciendo comportamientos que decimos combatir.

Lo que sí es cierto es que existen infinitos mundos dentro de este mundo y me da la sensación de que no somos demasiado conscientes de lo que hay al otro lado de nuestras obsesiones. Mundos de los que no hemos oido hablar ( y a los que no hemos oido hablar) y sin embargo nos sentimos capacitados y con la obligación de salvarlos. Esa es la ciudadanía a la que decimos dirigimos pero desconocemos casi por completo. O por referencias. Es posible que sólo estemos atendiendo a un boceto sin perspectiva.

El caso es que desde todas las tribunas posibles explotamos nuestra idea de innovación en todas sus variantes y la presentamos como la salvación. Así sin más, sin concretar. Volvemos a participar de esos estados letárgicos de comunión, las liturgias en las que nos sentimos protegidos, seguros, fuertes y, de algún modo, elegidos. Una realidad medio tramposa. Voy a repetir cuantas veces sea necesario que es muy fácil dejarnos arrastrar por esa corriente de los discursos salvadores que tan bien encajan en el universo positivo. En esa revolución banal e ingenua que reproduce sin fín todo tipo de eslogan TED. Tengo la sensación de no ver nada nuevo y que si lo es, fantasea con las tecnologías (todo muy obvio desde el arado). Lo demás es para mi un déjà vu, en ocasiones monótono, y genialidades que quedan estupendas para conclusiones, documentos finales y discursos. Ya he dicho que ser moderno es muy sencillo y poco original pero eso no se entiende hasta que ya no te importa nada ser correcto. También ayuda a bajar la cabeza ser consciente de que en algún momento tú mismo has sido moderno.

Hoy la innovación (esa que lleva los apellidos de social, cultural, ciudadana …) ocupa el espacio de las revoluciones y con ello parece que todo se tranquiliza. Me da la sensación de que estos tiempos de innovación permanente (póngase música de Battiato) es un compendio de trampantojos, de sustituciones sin ruptura, de éxtasis pasajero y espumante. Unos arrebatos que en realidad poco tienen de subversivo: al fin y al cabo esto sigue siendo ordenar el flujo aunque de un modo distinto. Sustituir sin transformar. Reformar sin construir. Una especie de autorreferencia que se recrea en si misma. En realidad y al fin toda esa innovación empaquetada no se acerca ni por asomo a esa realidad infinita de “formas paganas” (Leonidas Martin) que no necesitan planes para existir y multiplicarse, para producir realidad sin ser capturadas.

¿No es raro que esto se ofrezca como transformación? Normas que terminan por ser, también, incuestionables y surgidas desde arriba (aunque ese arriba hoy parezca abajo). Reglas elaboradas desde una semejanza de criterios y discursos que resulta francamente inquietante. ¿Todo homogéneo? ¿También lo innovado? Un circulo en el que nada es realmente nuevo sino que lo de siempre se va adaptando. No hay una verdadera ruptura sino una adaptación, en ocasiones tecnológica, en ocasiones terminológica. Y en todo este proceso vamos disolviendo las transformaciones que dejan de ser resistencia, esa que no se conforma con la superficie sino que trabaja desde lo radical. La innovación se ha hecho consumible y aglutina en torno a ella todo lo que “debe ser”. Categoriza y normaliza un sistema. Sobre todo porque se construye desde el encantamiento de la participación, algo que parece solucionar esa verticalidad prepotente. Pero ¿quién participa? Existen muchos tipos de sectarismo.

La maquinaria unificadora exige que nos adaptemos lo más posible y bajo esa rúbrica se ponen en marcha diferentes fórmulas para canalizar los deseos. Puede que esos llamados ecosistemas cumplan eficazmente con el objetivo de agrupar y mantener el control (qué manía con llamarlos ecosistemas, qué metáfora más desafortunada y excluyente) a través de una especie de complicidad individual, de una especie de “consentimiento comprometido”. Se ponen en marcha los afectos y los deseos para trabajar en un espacio que, aparentemente, camina hacia la transformación. La apropiación de los conceptos y las ilusiones bajo una retórica de transformación social más o menos profunda. Se habla de emancipación y es difícil de rebatir si no se profundiza. Se habla de libertad y de colaboración y de felicidad y de autonomía… Cómo no estar de acuerdo. Cuando todo se olvida, todo es nuevo.

Al final nos encontramos con la “hipertrofia de la innovación” que se acerca más a los objetivos de determinadas élites mientras el resto de la realidad social sigue sin existir. Es muy difícil que los “individuos comunes” participen en estos procesos. Al fin bien puede tratarse de una producción social bajo control. El control de los hallazgos subversivos y su redireccionamiento hacia formas normalizadas de novedad. O también hacia una especie de ocultación mediante la terminología adecuada. La innovación tutelada.

Y entre tanto, la vida de la innovación en/desde/para los asuntos públicos se canaliza desde algún lugar entre la estética y la retórica. Las palabras van anidando entre una multitud que busca inspiración en todo aquello que le permita adornar la realidad con complementos placebo. Es la gestión estampada y en colorines. La innovación se ha convertido en un ejercicio en el que triunfan las tendencias. El maquillaje y Ias sombras negras que aportan intensidad. Una ventaja porque mañana ese maquillaje se limpia y se puede renovar. Genial. Y en todo este entramado ese ejercicio maquillador depende como nunca de la administración pública como esa gran estilista, como esa gran allanadora de caminos. ¿O no ha sido necesaria la implicación activa y entusiasta de la administración pública para difundir y consolidar esas fantasías de economía colaborativa y de la abundancia? Por poner un ejemplo. La innovación no es neutra.

Y no lo es porque nace y se desarrolla desde esas “realidades expertas” que van indicando según interese. La ciudadanía bien puede vivir en “otras realidades”. O desearlas. Pero lo cierto es que siempre van a ser canalizadas y adaptadas según esa visión experta, la de quien sabe qué es lo conveniente y por dónde van los futuros. Por ello tenemos una innovación dentro de los límites de lo posible. Algo que reproduce el binomio experto – lego.

Pero no quiero hablar únicamente de los espacios “oficiales” institucionales, existen espacios “alternativos” que ejercen otras formas de canalización de aparente proximidad pero que también mira al resto desde “otro arriba”; como si en “su lugar” se cumplieran todos los requisitos de pureza. Son asuntos que quiza puedan desarrollarse en otro momento pero no me resisto a incluirlos en esta reflexión: ¿Qué se quiere decir con “estar abiertos a la ciudadanía? ¿A qué ciudadanía? Porque hay infinitos tipos de ciudadanía ¿Cuál es el verdadero índice de penetración en esa ciudadanía a la que decimos dirigirnos? ¿No pueden llegar a ser una especie de burocratización tambien ciertos procesos de asamblearismo? ¿No pueden convertirse también esos “espacios comunitarios” en lugares cerrados? No hay que perder de vista que la diversidad siempre está fuera de nosotros y que es muy sencillo caer en la parcialidad.

Ya no sé si la innovación es libre. “Lo homogéneo es inhóspito” diría J. M. Esquirol.

la gestión éxtasis

O la gestión del éxtasis, no sé… Esas libertades repentinas y pasajeras, anecdóticas.

  1. El sujeto-revolucionario/el sujeto-cultural. Más allá de todos estos procesos de gestión /cogestión/ mediación … que están surgiendo como modelos “nuevos” y que representan un gesto arrebatado, todavía nos movernos entre fórmulas que producen un éxtasis transitorio sin fijar un mañana.
  2. Por otra parte, la exigencia estricta de estos modelos supone estar sometidos a una alerta constante a la que sólo pueden acceder quienes tienen una alta predisposición y una alta tolerancia a la tensión. No deja de ser un modelo de organización no apto para las mayorías y por ello, en cierto modo, alejado de la ciudadanía. Ese éxtasis es compartido, de nuevo, por grupos cerrados. Otros grupos, sí, pero menos “comunes” de lo que se pretende.
  3. De ahí que este modelo devenga al fin en pasajero y temporal dada su dificultad de mantenimiento y continuidad. Lo verdaderamente subversivo sería encontrar la fórmula para pasar del éxtasis a lo cotidiano. La revolución verdadera es la del día siguiente.
  4. La emergencia es pues la de alcanzar un sujeto-cultural que no requiera ser gestionado. Una salida a la sobreexplotación de lo cultural a través de la administración de contenidos.
  5. Esta gestión cultural que conocemos, la que se fomenta por instituciones también académicas, es la que acepta el mundo como está y se dedica a administrar lo dado. No hay generación de utopías porque hay que rentabilizar, porque hay que cuadrar las cuentas, porque hay que ser sensatos, porque manda la eficacia y la productividad, porque lo recomienda el canvas… No hay subversión porque nos debemos al orden y a la disciplina de las cuentas de resultados, porque hemos abrazado el emprendimiento creativo, porque hay que alcanzar el mercado, por la industria cultural.
  6. La gestión de la cultura se centra en alcanzar procesos de conformidad a través de la provocación puntual controlada.
  7. Cuando se habla de evaluar, de valorar, de medir… ¿se refieren a la subversión? ¿a qué grado de agitación hemos llegado? ¿al nivel de desorden?…

del fin del trabajo como recurrencia

Hace tiempo, allá por los 80 del siglo pasado, Andre Gorz, entre otros, ya introdujeron sus tesis sobre el fin del proletariado y esa supuesta pérdida de centralidad del tabajo. Desde entonces, con mayor o menor énfasis y desde tribunas más o menos neoliberales, se vuelven a repetir estas tésis sustentadas en una más que recurrente trilogía: la tecnología, la anulación de las barrera trabajo/ocio, y, cómo no, la socorrida economía colaborativa (tecnología del XXI y drerechos del XIX).

La desarticulación de los sistemas productivos y del mercado de trabajo viene acompañada por un discurso absolutamente perverso y elitista que pretende reducir las contradicciones y hacer del trabajo remunerado (empleo) una actividad social menor hasta desligarlo definitivamente de su trascendencia política. Evidentemente la hiperfractalizacción de la sociedad es más que interesante para los objetivos de estas corrientes metacapitalistas que usan a la perfección multitud de productos placebo muy eficaces para la homogeneización de comportamientos y tendencias (emprendimiento, liderazgo, innovación, competencias…) Y por supuesto, todo aquello que forma parte de los entornos tecnologicos en todas sus variantes. Vamos que el análisis del trabajo nada tiene que ver con asuntos vulgares. Ni por supuesto con ese porcentaje de la población, vergonzosamente alto y cada vez más numeroso que está entrando en situaciones de pobreza irreversibles.

En ocasiones quiero pensar que todos estos argumentos no son sino un exceso de optimismo, exagerado e ingenuo, sobre un futuro tecnologizado. Pero me dura poco. Y aunque así fuera, no deja de ser una ingenuidad peligrosa y connivente.

En todo caso, como dice Emir Sader y por aludir a uno de esos tres ejes que sustentan esos argumentos, “No es la tecnología la que echa a los trabajadores, es la lucha de clases; es quien se apropia del desarrollo tecnológico…” Claro que, hablar de clases también está mal visto desde estos “nuevos liberalismos”. La enajenación del trabajo en los capitalinos avanzados vienen acompañados de una visión del futuro construido sobre cimientos abstractos y algo vacíos. La cuestión que subyace en todo este argumentario es la adecuación del sustrato socio-político a las necesidades y las condiciones de un capitalismo contemporáneo. Ya no existe un sujeto revolucionario. No existe la clase trabajadora, parece ser… sólo aquella que no se distingue, que no encuentra la frontera entre su dedicación laboral y su vida privada. ¿Puede haber mayor éxito y mejor vendido? Además quien no lo comprende es que es un rancio, un retrógrado, alguien anclado en modelos perdidos y caducos.

Jeremy Rifkin y su “fin del empleo” precisó ya hace tiempo su énfasis en este proceso sin apreciar demasiado cuál sería la correlación final de fuerzas en un entorno en el que SIEMPRE hay una compra de la fuerza de trabajo por parte de quien tiene el poder. Y esa compra puede estar integrada dentro de una estructura más o menos tradicional (fabrica, industria , empresa, institución …) o en esa nueva figura que pretende ser el emprendimiento, o todavía peor, en esa llamada economía colaborativa que va calando desde el apoyo de todo tipo de instituciones. La mercancía sigue siendo la misma de siempre: la mercancía somos todos nosotros, bien sea porque se nos compre directamente como herramienta (intelectual o física), o bien lo hagan de forma indirecta haciéndonos creer que somos libres desde esa canalización obscenade los emprendimientos y las economías colaborativas. En cualquier caso siempre seremos mercancia con fecha de caducidad y sustituible.

Desgracia añadida y que, a mi juicio, todo ese argumentario de la pérdida de centralidad política del trabajo agrava, es que el trabajo mismo es un perfecto “régimen de propiedad” en el que ciertas personas se ven en el derecho de marginar a otras. La exclusión de la actividad laboral por las razones que sean ( entre otras no tecnológicos el envejecimiento es la más despreciable) sigue viendo un arma de control. La actividad laboral (por cuenta propia o ajena, no se olviden los emprendedores) sigue siendo “objeto de comercio mercantil” (Riechmann y Recio) y, por supuesto, algo sujeto a un evidente régimen de propiedad.

No me resisto a abrir otra vía crítica mencionando a Hegel y su “Fenomenología del espíritu” en la que nos habla de la formación de la “conciencia de si mismo” en función de afirmarse como sujeto libre a través del conflicto amo-siervo. Claro que eso ya está superado por esas retóricas de la motivación, la implicación, el reto, el compromiso… que a través de la generación de “competencias” y del mundo coach. Ahora ese conflicto no existe y el “yo saturado” (Gergen) pasa a formar parte de un todo maravilloso en el que nos sentimos hiperrealizados.

Otra cuestión que me viene: si ese discurso de la pérdida de centralidad, del convento del tiempo de ocio, de la superación de fronteras… es cierto ¿ Cuál es la razon por la que la reciente directiva europea permita ampliar la semana laboral hasta las 65 horas? Algo no cuadra. Hablar de un modo tan, disculpen, frívolo, supone una afrenta a todas esas personas excluidas o hiperexplotadas. Además de supone que una enorme masa de población, entre la que yo me encuentro, podemos prescindir del trabajo en una sociedad como la que tenemos. y no me importaría lo más mínimo un cambio radical de modelo. Algo que no vendrá de ningún modo desde esas pretendidos innovaciones que más bien modifican para perpetuar.

Evidentemente la clase obrera ya no cuenta con ese papel que sustentaba el conflicto capitalista. La ofensiva neoliberal ha agudizado la individualización asalariada y ha impulsado la autónoma. Esa ha sido la principal estrategia: convencer de la no centralidad a partir de premisas que han conducido a la pérdida de identidad. Aún así el salario sigue viendo el fundamento para la subsistencia. La falta de crítica en este sentido nos lleva a ir la cintura de una realidad evidente. Aunque, insisto, ni son efectivas las viejas fórmulas, ni son los vinos espacios y tiempos ni, por supuesto, el proletariado es el que conociones.

En todo caso no sé muy bien si estaremos ante ese fin del empleo o ante una superexplotación del trabajo (Sotelo Valencia) en la que, aprovechando las coyunturas de precarización fruto del declive industrial y la globalización financiera especulativa. Los “nuevos modelos de crecimiento” requieren de contextos y argumentarios que apoyen esas tesis estructurales. No deja de ser un nuevo patrón de acumulación del capital. Solo falta observar cómo evoluciona la brecha social, cómo, cada vez, hay mayor distancia entre la riqueza y la pobreza, cómo cada vez más personas se hunden en ese mundo de precariedad. Lo triste es que este patrón de acumulación del capital no podría darse sin la intervención de los Estados y, en una buena parte también, de medios de comunicación y un aparato técnico que multiplica. Esta teoria del “post-industrialismo” no deja de ser un intento de articulación regresiva en la relación capital-trabajo. la normalización de las pérdidas bajo la retórica de los nuevos tiempos. La ruptura unilateral de las reglas del juego. O lo tomas o lo dejas. La institucionalización de la precariedad, la desprotección, la informalidad, la eventualidad… bajo las premisas de lo nuevo.

imaginarios de contragestión (II)

Uno de los artículos de Umberto Eco recogidos en el libro “De la estupidez a la locura” se titula “Cada vidente ve lo que sabe”. Casi podría este post reducirse a ese título y que cada quien tomase el camino reflexivo que se le antojase. Yo voy a encauzarlo desde los procesos de esa llamada gestión de la cultura. Y más bien desde esos otros imaginarios que intentan observar desde ópticas alternativas, fuera de las ortodoxias que han construido esta realidad que tenemos. Imaginarios de contragestión, aquellos que buscan y actúan desde sentimientos y emociones sin un reglamento definido, sin seguridades estratégicas, sin directrices, sin demasiada obediencia, con resistencia …

También con la idea de poner en tela de juicio los criterios estructuralistas de esas normativas varias (institucionales o no, emprendedoras, desarrollistas…) que generan esos relatos, esos fetiches que la atan, a veces de forma bienintencionada, al dogmatismo del progreso, como decía Benjamin. O que la pone en la órbita vacía, del capitalismo del conocimiento. En definitiva: la semántica que atrapa.

Abro pues una serie de anotaciones /reflexiones que pretenden evitar una cultura deshabilitada. Iré abriendo imaginarios para pausar en esa contragestión.

# La gestión de la cultura suele consistir en una “cultura dada” ofrecida como un relato cerrado y encerrado en unas normativas de usabilidad y rentabilidad que parten de los mitos de lo correcto, de la calidad, de la rentabilidad y de los modelos de una burguesía y una élite ilustrada que transmite de forma generosa lo que el resto debe conocer, debe aprender y aprehender, debe disfrutar…

# El relato triunfante de los últimos tiempos ha sido el del emprendimiento y las economías creativas. Algo muy rentable para las instituciones (siempre hay mano de obra para tirar de ella) y los bancos (siempre hay quien se hipoteca para alcanzar sus ilusiones de libertad). Algo muy rentable también para determinados gurúes y políticos farsantes.

# El capitalismo creó el concepto de cultura que hoy se gestiona y el neoliberalismo (que también es cultura, recuerden) lo ha colocado en la posición de explotación a través de sus dispositivos institucionales, convertidos en distribuidores y expendedores. La semántica institucional ha consolidado los procesos de canalización. Deshabilita el carácter transformador de la cultura y la devuelve inocua. Sólo se “concede” lo que concuerda con el mercado, lo que puede salir de la invisibilidad a través de altas capacidades de difusión… La cultura se ha convertido en otro canal más del pensamiento dominante.

# Quizá la cultura gestionada haya derivado en una ficción colectiva administrada de forma jerárquica. Cinco cimas de esa jerarquía las componen quien ha alcanzado la posición de poder requerida: por la burocracia institucional, por el encumbramiento mediático, por el éxito profesional, por el posicionamiento en el mercado, por el prestigio académico… Fuera de este pentágono de influencia, las  realidades ex-céntricas se reconocen muy difícilmente|

# A cada acto gestionado y programado le sucede irremediablemente el siguiente aunque sólo sea para cumplir el programa, para continuar con el relato. Es un proceso que sirve para reforzar esa construcción de la realidad que todo poder necesita. La gestión pasa a ser una escenificación, una ordenación de la realidad, una reconstrucción desde lo normalizado, desde lo conocido y jerarquizado.

# La gestión como semántica institucional se convierte así en una canalización de los relatos dominantes y al servicio de la propia institución. Un ordenamiento claro sobre lo que “debe ser”. No hay más que ver la homogeneidad de las programaciones y las tendencias.

# Una gestión perfectamente estructurada es una patología. Es el seguimiento de un orden impuesto para caminar por un territorio construido “desde lejos” y desde las ficciones de modernidad que cada cierto tiempo se imponen (colaboración, innovación, creatividad, emprendimiento…). Es ese aglutinante que se necesita para conformar una sociedad sin fisuras. La gestión como pulsión normalizadora.

# La gestión, al final, se reduce a una interpretación jerárquica de lo que es y no es, de lo que conviene, lo que interesa… Según quien la domine, la controle (cualquier élite institucional, económica, académica, financiera …) así serán las dinámicas que se construyan.

La contragestión supone entrar de lleno en las narrativas, en esa construcción que nada tiene que ver con el relato dado. Es un impulso que se concibe desde un entorno de relaciones fuera de las intervenciones pragmáticos. La incertidumbre como espacio, como algo que se inserta les la estructura sobre la que construir. Como señala Alberto Santamaría: ” el desequilibrio como forma de acción”. Los imaginarios de contragestión son aquellos que esquivan lo predecible. Que se construyen desde la falta de estabilidad y que abordan una contaminación abierta y deslocalizada.

Transformar y minimizar las infraestructuras pesadas y hacer el mayor esfuerzo por traspasar el control. Voy a señalar, sin intención de cerrar, algunos conceptos que pueden completar una especie de constelación conceptual, esa referencia de contragestión que favorece las narrativas ante los relatos.

Conectómica. Una ciudad es de un modo u otro en función de las conexiones que sea capaz de establecer, generar y mantener entre sus habitantes, sus instituciones, sus organizaciones… Contaminación neuronal.

Des-expertización. Olvidar esa división oficial entre quien sabe y quien no. Abandonar la graduación de poderes y traspasar la jerarquía organizacional. Ni existen líderes ni liderados.

Transfuncionalidad. Donde la institución deja de ser el portador de las teorías y la organizadora desde la autoridad.

Situaciónismo. De la programación a la provocación. La facilitación de exploraciones y la construcción de momentos temporales y fortuitos de transformación.

Comunitarismo. Más allá de la colaboración, que puede representar un momento puntual de agrupación de intereses individuales, se trata de provocar espacios y territorios que centren su interés en la construcción de una ciudadanía como soberanía común.

Inmediatismo. La acción sin mediación, minimizando hasta el límite de lo posible la planificación centralizada y la representación institucional. La valoración de la inducción ante la regulación.

Provisionalidad. La lógica nómada como antídoto contra las certezas. La comprensión de la complejidad fractal como método para abarcar las inmensas realidades. Eludir lo permanente.

Ética transware. Los valores, los cuidados, los afectos, las emociones… permanecen por encima. Algo que va más allá de la herramienta y el servicio y favorece el estímulo de las pequeñas utopías.

Voluntad bacteriana. La sencillez del intercambio genético descentralizado, horizontal y promiscuo como referencia y metáfora. Tolerancia a los fallos. Reprogramación según lo recibido. Sin control centralizado. Activismo vírico

Proxicuidad. Dos lógicas complementarias: la proximidad y la ubicuidad. Lo global y lo local interactuando en un entramado que courthuge la multiplicidad.

Relatos y narrativas, gestión y contragestión. La diferencia entre los relatos y las narrativas es, en principio, simple. El relato es ese mercado en el que se ofrece empaquetada y lista para el consumo toda una gama de productos que “necesitamos”. La narrativa nos ofrece un espacio desde el que construir el modelo que entre todas queremos, imaginamos, deseamos. La contragestión es un espacio abierto que nos ofrece la posibilidad del activismo vírico. Trabajar sin un manual de instrucciones. Construir cartografías sobre las que perdernos.

Los imaginarios de contragestión son una huida del relato. Persiguen esas narrativas que refuerzan la creación comunitaria. Reproducen espacios que se convierten en lugares sin miedo, en lugares emocionales desde donde poder imaginar. La contragestión bloquea esa gestión-relato que impide aproximaciones, que reproduce (eso no es inventar futuros) y duplica según la arbitrariedad y habilidad de quién, política, técnica o politécnicamente, está al frente.

La narrativa desde esta contragestión interpela a las totalidades y a las certezas. Sale y abandona los entornos de privilegio y conmina a experimentar y confundirse, a usar las metáforas para construir. Contrarresta la homogeneización. Porque después del relato sólo queda un silencio que espera otro devenir planificado, dado, estático. La retórica de lo conocido. Sin embargo la narrativa es bulliciosa y nómada. Hay una gran diferencia.

En todo caso no es fácil sustraerse a esa tendencia de reproducción de subjetividades. Cuando las narrativas no alcanzan el suficiente grado de independencia (funcional, operativa y discursiva) se convierten en una cadena de transmisión que acaba por reproducir una novedosa forma de disciplina y jerarquía. Eso sí, siempre bajo el discurso de una modernidad comprometida y abierta, de una modernidad brillante. La maquinaria normalizadora vuelve a funcionar aunque desde otra perspectiva. ¿Hasta dónde pueden estos nuevos modelos ser un dispositivo de control actualizado? El poder aprende a usar cadenas de transmisión deslumbrantes e incuestionables.

una cultura molecular y relacional

Debería tocar un análisis de las culturas en relativos (no estoy hablando del relativismo cultural), es decir, desterrar los abusos retóricos que la pretenden salvadora de todas las desdichas humanas. Y lo digo así, sabiendo que va a haber algún chillido, porque es más que fundamental revisar esa literatura oficial que la resalta desde la idea de desarrollo capitalista (algo que solo tiene ojos para la mercantilización de todas las esferas de la vida y de la sociedad) o desde una postura elitista que pretende saber qué es conveniente y si entra dentro de los cánones de la verdad cultural universal (algo que nos alejaría de comprender las condiciones materiales que la hacen posible, necesaria, deseable o practicable) . Es decir, comprender que lo que se entiende por cultura no cabe en esa idea de los bienes y recursos. Y, ya lo dije, ni tampoco en el consumo disfrazado de participación, ni en el candor del derecho, ni en descuido del cuarto pilar. Ni tampoco en la producción de arte e intelectualidad en sus diferentes manifestaciones. Como nos dice Alain Brossat en su más que recomendable El gran hartazgo cultural: “Las opiniones culturales pueblan y amueblan el mundo vivido. Lo completan y lo saturan, pero no lo transforman”

La prosa de la cultura ha encallado en un continuo de obviedades que se convierten en los fetiches sobre los que se construyen los espacios oficiales (al menos hasta ahora y no sabemos si esas islas que van apareciendo no van a ser sino un paréntesis). Podríamos llamarlas “el punto ciego de la cultura” . Valgan como muestra dos documentos bien recientes para sentir ese aroma, con perdón, obsesionado por los lugares comunes (los cito por ser los dos últimos): El Documento Orientador para una Ley de Derechos Culturales en México, que se presentó el pasado 16 de marzo, y aquí, el Plan de Cultura 2020 presentado el 23 de marzo. Dos buenos ejemplos de que esos compendios de generalidades no tienen fronteras. Todo vale para todos los modelos, los epígrafes y los argumentos son los mismos, sólo hay que cambiar determinadas singularidades y ya, listo. Al final la gestión (y su justificación documental) es un espacio de dramatización y de estética que arropa muchos egos.

¿Cuál es la permeabilidad de todo esto? ¿Cómo llega de verdad a la ciudadanía? A esa ciudadanía que no “consume”. ¿O es que está preparado para que sólo sea real la cultura si es consumida? ¿O cómo llega a esas capas que no forman parte de esos grupos tan estupendos que conforman los laboratorios? ¿O cómo se refleja en las vidas comunes? ¿O cómo llega a los márgenes (que no es lo mismo que la marginación)? ¿O sólo es eficaz la que los expertos (seleccionados por esos másteres cada vez más unidireccionales) pueden distribuir? Lo comenté hace tiempo: sólo puede justificarse la gestión si produce interferencias. Si se construye un espacio de contaminación que abandone las promesas de felicidad, esas fantasías empalagosas que tanto gustan al capitalismo emocional. La cultura, la de producto, quieran verlo o no, sólo llega a quien ya tiene pulsión por su consumo. Lo demás es pura alucinación. Hemos conseguido que la cultura sea una prótesis de los discursos normalizadores y de los fetiches del progreso. Y, en realidad, como dice Fernando Castro “el consumo no tiene poética, se trata de una mezcla de desmesura y condenación, de exceso y acumulación […]” Y aún así, con esa pulsión, se hará siempre que sus condiciones económicas sean las mínimas; quien tiene que dedicar todo su esfuerzo y energía a procurarse los mínimos para el sustento es imposible que, como diría Eagleton, tenga tiempo para “componer poemas épicos”. Ni por supuesto para consumirlos.

Lo cierto es que esa cultura “en absoluto” no existe y su argumentación cada vez resulta más vacía, más hipnótica, algo que hace del discurso un nuevo dispositivo que anula lo político. Quién lo produce, quién lo distribuye, quién lo consume… y a la par, la alternativa comunitaria parece que da mucho miedo. Estamos ante una “cultura obediente” que hace lo que le dicen que haga, cuando no ante una “cultura inmunitaria” que vacuna contra la emancipación. Como decía más arriba, no sé cuánto durarán esas islas en las que parece reflotar un modelo reformateado y fuera de impostores e imposturas, el caso es que, en algunos casos se toman como una especie de agresión a la jerarquía política y técnica establecidas, algo que se contempla desde esa lucha por el poder desde la partitocracia local. Atender las culturas desde la construcción ciudadana y comunitaria es trabajar sobre la esencia de esa cohesión que tanto anuncian los papeles. Lo demás es vender humo y especular con el mercado de la precariedad (esas llamadas economías creativas) y con la hiperactividad obsesiva (inflación de la oferta e hipertrofia de programación) al servicio de la marca neoliberal. Y sobre todo asumir lo que se nos ofrece: nos enchufamos a una “programación” como podríamos enchufarnos a la tele, sin responsabilidad y con disponibilidad plena. Puede que en algunos casos, esa gestión, esa programación hipertrofiada sea la obsesión personal por vender la propia identidad del gestor.

Una cultura molecular y relacional. Algo que configure una trama social desde lo que Tiqqun denominaba “zonas opacas y ofensivas”, algo que favorece los procesos para escapar del control. Pero todo esto pasa por encima de esa mecánica de la distribución. Incluso por encima de la cuestión del derecho y de su interés para las conciencias. La cultura como un bar cutre que hace tiempo que reclamo es esa que se desarrolla sin ninguna clase de complejo.

Ya no deseo esa cultura correcta que se trabaja desde los argumentos emprendedores. O desde esa nueva ola de la innovación, un placebo que se ha especializado en clonar iniciativas y convertir nuevas mercancías en necesidades absolutas (los fabulosos ecosistemas). El capitalismo tiene que renovarse para sobrevivir y el sueño de la producción continuada no puede pararse (me vendo y transmito mis logros a través de mi programación, de mi gestión). La estética de la obviedad vive perfectamente y se reproduce desde estos espacios/discursos de innovación. Se trata de la “cultura xerox” hipermultiplicada en circuitos cerrados gracias a la habilidad para comunicar y vestir ocurrencias.

Y reclamar también las culturas múltiples (tampoco me refiero a la multiculturalidad) que consideran que la cultura no es un conjunto unitario sino que la complementariedad y la interrelación activa todos los componentes sirve para generar un espacio de socialización, de conocimiento critico, de empatías, de acogidas, de cuidados. La consideración integral de estas molecularidades que construyen lo necesario para romper la homogeneidad de esa gestión que parte de las propuestas que garantizan la venta o la participación.

La cultura invertida o esa que no se genera desde la direccionalidad del experto ni del emprendizaje. La cultura por cuenta propia en formato comunidad, en formato comunitario. El gestor ignorante que no transmite. La interferencia como modelo para descomponer la estructura vertical. Porque la gestión adiestra. Y no se trata de transferir sino de provocar y sobre todo de facilitar los fundamentos. Raymond Williams, en su Cultura y Sociedad, nos decía: “tenemos que planificar lo que pueda planificarse, de acuerdo con nuestra decisión colectiva. Pero la idea de cultura nos recuerda correctamente que la cultura es esencialmente implanificable. Hemos de garantizar los medios para la vida, y los medios para la comunidad. Pero no podemos saber ni decidir qué se va a vivir con esos medios

Sólo produciendo cortociucuitos es posible restaurarla.

cartografía de las culturas

No sé si me parece digno de mucho elogio (más allá de lo que supone no enmohecerse) eso de ir acorde con los tiempos, con sus lenguajes, con sus gestos, con sus discursos… Puede incluso que en ello exista algo de gregario, de monótono y, en ocasiones, de rendición y acatamiento. Incluso es posible que se logre ocultar alguna dosis de mediocridad. Puede que tenga también algo que ver con esa necesidad de integración en un determinado grupo o categoría. O de reconocimiento. Y, en esta sociedad mercantilizada, evidentemente mucho que ver con vender y venderse. En todo caso ser moderno me parece de lo más corriente; y fácil. Por eso mismo, también puede que sea una paranoia mía, todos estos discursos que anuncian revoluciones (las cuartas ahora) y futuros de paraísos abundantes, superconectados y colaborativos, suelen construirse desde lo básico además de adolecer de un andamiaje rudimentario. Con cortas fechas de caducidad.

Siento que la cultura (la oficial) también se ha construido (salvo excepciones que se han ignorado y/o menospreciado cuando no intentado anular) con estos mimbres de modernidad, de la modernidad que en cada momento tocaba. En la más reciente se argumentó y dignificó desde el lenguaje fabricado para el rendimiento y ahora toca el de la innovación. Pero como bien sabemos detrás de la modernidad suele haber mucha pose y tras esa retórica de la innovación siento que se oculta una ficción que resta fuerzas e impide afrontar transformaciones “fuera de normativa”. Mutaciones que están al margen de la disciplina, de la estrategia, de las directrices, es decir, la normalización innovacional… en definitiva, escenografías que se encargan de moldear bien el discurso para no ofender, ajustándose a las exigencias de los innumerables laboratorios que van apareciendo cada día. La absorción, de nuevo, de la rebeldía. Muy eficaz: se ha conseguido una innovación inmunitaria que, por cierto, no solo existe en este ámbito de la cultura. Todo muy reconfortante siempre que no se alteren las reglas, o no demasiado; que todo sea “un parecer”. En definitiva, una cultura tutelada y a ser posible moderna. Desde el dispositivo, por supuesto.

Pero esta retórica de la cultura no cuestiona el statu quo y termina generando lugares comunes que se repiten hasta la saciedad. Lugares vacíos y “significantes flotantes” que se usan para construir hegemonías. La reproducción capitalista (y el negocio de los egos) necesita de estos fetiches. Campos unificados de conciencia, como diría Antolín Rato, que tratan de canalizar el pensamiento abstracto y apaciguar la deriva contestataria jugando a la revolución. Pero el mensaje es el que construye y parece que estamos inventándolo todo de nuevo. Como digo, ahora la cultura también penetra en esos laboratorios de innovación social y/o ciudadana (aquí también hay sus diferencias y defensores) y nos descubre un modelo de actuar que “parte de la ciudadanía para la ciudadanía”. Vaya… No se nos había ocurrido antes… Sin embargo, con un poco de atención bien se puede observar que esa ciudadanía sigue tamizada y, en demasiadas ocasiones, tan limitada (y sesgada) como lo ha sido siempre. Si acaso lo que contemplamos es una normalización con diferentes decorados. Esos sí, las misas (los ritos) de innovación se multiplican y se abren a creyentes y parroquianos fieles. Un club. No hay nuevos relatos sino adaptación de las narraciones.

Miren su entorno y pregúntense qué está haciendo esa cultura-motor-de-desarrollo que no sea vagar en una constante autorreferencia. En una circularidad que navega sin descanso ni salida sobre tópicos monótonos (no voy a nombrar ni uno solo porque me cansa sobremanera y de sobra se leen en todos esos documentos orientadores y estratégicos). Cuando “la cultura” deje de hablar de si misma como fundamento será cuando, posiblemente, se alcance un estado de normalidad que permita alcanzar esencias. De momento la cultura tomada como hoy se hace no es más importante ni más decisiva que la mecánica del automóvil. Con perdón. Todo se convierte en autofinalidad.

Quizá podríamos acoger para nosotros esa idea de Iván Illich y adaptar su “sociedad desescolarizada” hablando de una “cultura desinstitucionalizada”. Y un poco más allá, ya que estamos, de la idea de “maestro ignorante” para aplicarla al mundo de la gestión (no solo de cultura, por cierto) y hablar del “gestor ignorante”. En definitiva, comprender que la cultura está más fuera que dentro y que no la podemos pensar como un entramado construido sino como un sistema no finalizado.

Ocupar márgenes y grietas es tan necesario como siempre para abarcar la “realidad real”. ¿Podemos hablar de una cultura radical? Sí. De raíz, esencial. Si la cultura se ha enfocado desde los criterios de consumo (eso que algunas personas bienintencionadas llamaban participación), desde la trampa neoliberal del desarrollo, desde el candor del derecho, y desde la vaguedad del “cuarto pilar”, es necesario retomar (y digo conscientemente retomar porque, aunque se haya olvidado que ha existido y ha sido el pilar para la reconstrucción social después de la dictadura, o haya quienes lo descubran ahora, nada de nuevo tiene: otro signo de esa modernización que ignora y relega) la construcción comunitaria y la contaminación emocional. Un modelo que admite interferencias y facilita navegar fuera de esos esquemas estructuralistas y apropiativos que nos han perseguido.

Culturas exploratorias / Culturas desenfocadas / Culturas inexpertas / Culturas efervescentes / Culturas para la construcción / Culturas colectivas / Culturas para desaprender / Culturas para apreHender / Culturas desde los límites / Culturas radicales / Culturas para desubicarte / Culturas para la deriva / Culturas interrogativas / Culturas para las situaciones / Culturas conectivas / Culturas cívicas / Culturas tímidas / Culturas como emergencia / Culturas de los cuidados/ Culturas como acogida / Culturas como huida

Esta es la cartografía por donde navegará #HipótesisCultura con el sueño puesto en el tiempo de las cerezas. El proyecto es una continuación de los anteriores: EspacioRizoma y Yanotengoprisa.