una cultura molecular y relacional

Debería tocar un análisis de las culturas en relativos (no estoy hablando del relativismo cultural), es decir, desterrar los abusos retóricos que la pretenden salvadora de todas las desdichas humanas. Y lo digo así, sabiendo que va a haber algún chillido, porque es más que fundamental revisar esa literatura oficial que la resalta desde la idea de desarrollo capitalista (algo que solo tiene ojos para la mercantilización de todas las esferas de la vida y de la sociedad) o desde una postura elitista que pretende saber qué es conveniente y si entra dentro de los cánones de la verdad cultural universal (algo que nos alejaría de comprender las condiciones materiales que la hacen posible, necesaria, deseable o practicable) . Es decir, comprender que lo que se entiende por cultura no cabe en esa idea de los bienes y recursos. Y, ya lo dije, ni tampoco en el consumo disfrazado de participación, ni en el candor del derecho, ni en descuido del cuarto pilar. Ni tampoco en la producción de arte e intelectualidad en sus diferentes manifestaciones. Como nos dice Alain Brossat en su más que recomendable El gran hartazgo cultural: “Las opiniones culturales pueblan y amueblan el mundo vivido. Lo completan y lo saturan, pero no lo transforman”

La prosa de la cultura ha encallado en un continuo de obviedades que se convierten en los fetiches sobre los que se construyen los espacios oficiales (al menos hasta ahora y no sabemos si esas islas que van apareciendo no van a ser sino un paréntesis). Podríamos llamarlas “el punto ciego de la cultura” . Valgan como muestra dos documentos bien recientes para sentir ese aroma, con perdón, obsesionado por los lugares comunes (los cito por ser los dos últimos): El Documento Orientador para una Ley de Derechos Culturales en México, que se presentó el pasado 16 de marzo, y aquí, el Plan de Cultura 2020 presentado el 23 de marzo. Dos buenos ejemplos de que esos compendios de generalidades no tienen fronteras. Todo vale para todos los modelos, los epígrafes y los argumentos son los mismos, sólo hay que cambiar determinadas singularidades y ya, listo. Al final la gestión (y su justificación documental) es un espacio de dramatización y de estética que arropa muchos egos.

¿Cuál es la permeabilidad de todo esto? ¿Cómo llega de verdad a la ciudadanía? A esa ciudadanía que no “consume”. ¿O es que está preparado para que sólo sea real la cultura si es consumida? ¿O cómo llega a esas capas que no forman parte de esos grupos tan estupendos que conforman los laboratorios? ¿O cómo se refleja en las vidas comunes? ¿O cómo llega a los márgenes (que no es lo mismo que la marginación)? ¿O sólo es eficaz la que los expertos (seleccionados por esos másteres cada vez más unidireccionales) pueden distribuir? Lo comenté hace tiempo: sólo puede justificarse la gestión si produce interferencias. Si se construye un espacio de contaminación que abandone las promesas de felicidad, esas fantasías empalagosas que tanto gustan al capitalismo emocional. La cultura, la de producto, quieran verlo o no, sólo llega a quien ya tiene pulsión por su consumo. Lo demás es pura alucinación. Hemos conseguido que la cultura sea una prótesis de los discursos normalizadores y de los fetiches del progreso. Y, en realidad, como dice Fernando Castro “el consumo no tiene poética, se trata de una mezcla de desmesura y condenación, de exceso y acumulación […]” Y aún así, con esa pulsión, se hará siempre que sus condiciones económicas sean las mínimas; quien tiene que dedicar todo su esfuerzo y energía a procurarse los mínimos para el sustento es imposible que, como diría Eagleton, tenga tiempo para “componer poemas épicos”. Ni por supuesto para consumirlos.

Lo cierto es que esa cultura “en absoluto” no existe y su argumentación cada vez resulta más vacía, más hipnótica, algo que hace del discurso un nuevo dispositivo que anula lo político. Quién lo produce, quién lo distribuye, quién lo consume… y a la par, la alternativa comunitaria parece que da mucho miedo. Estamos ante una “cultura obediente” que hace lo que le dicen que haga, cuando no ante una “cultura inmunitaria” que vacuna contra la emancipación. Como decía más arriba, no sé cuánto durarán esas islas en las que parece reflotar un modelo reformateado y fuera de impostores e imposturas, el caso es que, en algunos casos se toman como una especie de agresión a la jerarquía política y técnica establecidas, algo que se contempla desde esa lucha por el poder desde la partitocracia local. Atender las culturas desde la construcción ciudadana y comunitaria es trabajar sobre la esencia de esa cohesión que tanto anuncian los papeles. Lo demás es vender humo y especular con el mercado de la precariedad (esas llamadas economías creativas) y con la hiperactividad obsesiva (inflación de la oferta e hipertrofia de programación) al servicio de la marca neoliberal. Y sobre todo asumir lo que se nos ofrece: nos enchufamos a una “programación” como podríamos enchufarnos a la tele, sin responsabilidad y con disponibilidad plena. Puede que en algunos casos, esa gestión, esa programación hipertrofiada sea la obsesión personal por vender la propia identidad del gestor.

Una cultura molecular y relacional. Algo que configure una trama social desde lo que Tiqqun denominaba “zonas opacas y ofensivas”, algo que favorece los procesos para escapar del control. Pero todo esto pasa por encima de esa mecánica de la distribución. Incluso por encima de la cuestión del derecho y de su interés para las conciencias. La cultura como un bar cutre que hace tiempo que reclamo es esa que se desarrolla sin ninguna clase de complejo.

Ya no deseo esa cultura correcta que se trabaja desde los argumentos emprendedores. O desde esa nueva ola de la innovación, un placebo que se ha especializado en clonar iniciativas y convertir nuevas mercancías en necesidades absolutas (los fabulosos ecosistemas). El capitalismo tiene que renovarse para sobrevivir y el sueño de la producción continuada no puede pararse (me vendo y transmito mis logros a través de mi programación, de mi gestión). La estética de la obviedad vive perfectamente y se reproduce desde estos espacios/discursos de innovación. Se trata de la “cultura xerox” hipermultiplicada en circuitos cerrados gracias a la habilidad para comunicar y vestir ocurrencias.

Y reclamar también las culturas múltiples (tampoco me refiero a la multiculturalidad) que consideran que la cultura no es un conjunto unitario sino que la complementariedad y la interrelación activa todos los componentes sirve para generar un espacio de socialización, de conocimiento critico, de empatías, de acogidas, de cuidados. La consideración integral de estas molecularidades que construyen lo necesario para romper la homogeneidad de esa gestión que parte de las propuestas que garantizan la venta o la participación.

La cultura invertida o esa que no se genera desde la direccionalidad del experto ni del emprendizaje. La cultura por cuenta propia en formato comunidad, en formato comunitario. El gestor ignorante que no transmite. La interferencia como modelo para descomponer la estructura vertical. Porque la gestión adiestra. Y no se trata de transferir sino de provocar y sobre todo de facilitar los fundamentos. Raymond Williams, en su Cultura y Sociedad, nos decía: “tenemos que planificar lo que pueda planificarse, de acuerdo con nuestra decisión colectiva. Pero la idea de cultura nos recuerda correctamente que la cultura es esencialmente implanificable. Hemos de garantizar los medios para la vida, y los medios para la comunidad. Pero no podemos saber ni decidir qué se va a vivir con esos medios

Sólo produciendo cortociucuitos es posible restaurarla.

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