lo homogéneo es inhóspito

Llevo tiempo dando vueltas a un asunto simple, me preocupa si somos conscientes de lo que representamos en esa sociedad que deseamos reconstruir. Si somos conscientes de que podemos ser también ese 1% dentro de ese 99%. Si somos conscientes de que tambien hablamos desde posiciones de privilegio y en ocasiones nada o muy poco inmersas en esa proximidad que reclamamos o que ponemos como principio. Tampoco sé si lo que hacemos parte de la convicción o de la corriente. Si somos de nuevo correa de transmisión. Si estamos encantados de conocernos y por eso predicamos. Y si desde esa posición vamos construyendo el mundo que, desde nuestro particular observatorio nos parece el más necesario, el más lógico, el más justo… Y si hablamos entre nosotros como si no existiese un afuera, o como si ese afuera tuviese la necesidad absoluta de nosotros y de nuestra sabiduría. Si no formamos otro quiosco de intelectualidad creativa. O si esos llamados ecosistemas no son sino estanques… Si no estamos reproduciendo comportamientos que decimos combatir.

Lo que sí es cierto es que existen infinitos mundos dentro de este mundo y me da la sensación de que no somos demasiado conscientes de lo que hay al otro lado de nuestras obsesiones. Mundos de los que no hemos oido hablar ( y a los que no hemos oido hablar) y sin embargo nos sentimos capacitados y con la obligación de salvarlos. Esa es la ciudadanía a la que decimos dirigimos pero desconocemos casi por completo. O por referencias. Es posible que sólo estemos atendiendo a un boceto sin perspectiva.

El caso es que desde todas las tribunas posibles explotamos nuestra idea de innovación en todas sus variantes y la presentamos como la salvación. Así sin más, sin concretar. Volvemos a participar de esos estados letárgicos de comunión, las liturgias en las que nos sentimos protegidos, seguros, fuertes y, de algún modo, elegidos. Una realidad medio tramposa. Voy a repetir cuantas veces sea necesario que es muy fácil dejarnos arrastrar por esa corriente de los discursos salvadores que tan bien encajan en el universo positivo. En esa revolución banal e ingenua que reproduce sin fín todo tipo de eslogan TED. Tengo la sensación de no ver nada nuevo y que si lo es, fantasea con las tecnologías (todo muy obvio desde el arado). Lo demás es para mi un déjà vu, en ocasiones monótono, y genialidades que quedan estupendas para conclusiones, documentos finales y discursos. Ya he dicho que ser moderno es muy sencillo y poco original pero eso no se entiende hasta que ya no te importa nada ser correcto. También ayuda a bajar la cabeza ser consciente de que en algún momento tú mismo has sido moderno.

Hoy la innovación (esa que lleva los apellidos de social, cultural, ciudadana …) ocupa el espacio de las revoluciones y con ello parece que todo se tranquiliza. Me da la sensación de que estos tiempos de innovación permanente (póngase música de Battiato) es un compendio de trampantojos, de sustituciones sin ruptura, de éxtasis pasajero y espumante. Unos arrebatos que en realidad poco tienen de subversivo: al fin y al cabo esto sigue siendo ordenar el flujo aunque de un modo distinto. Sustituir sin transformar. Reformar sin construir. Una especie de autorreferencia que se recrea en si misma. En realidad y al fin toda esa innovación empaquetada no se acerca ni por asomo a esa realidad infinita de “formas paganas” (Leonidas Martin) que no necesitan planes para existir y multiplicarse, para producir realidad sin ser capturadas.

¿No es raro que esto se ofrezca como transformación? Normas que terminan por ser, también, incuestionables y surgidas desde arriba (aunque ese arriba hoy parezca abajo). Reglas elaboradas desde una semejanza de criterios y discursos que resulta francamente inquietante. ¿Todo homogéneo? ¿También lo innovado? Un circulo en el que nada es realmente nuevo sino que lo de siempre se va adaptando. No hay una verdadera ruptura sino una adaptación, en ocasiones tecnológica, en ocasiones terminológica. Y en todo este proceso vamos disolviendo las transformaciones que dejan de ser resistencia, esa que no se conforma con la superficie sino que trabaja desde lo radical. La innovación se ha hecho consumible y aglutina en torno a ella todo lo que “debe ser”. Categoriza y normaliza un sistema. Sobre todo porque se construye desde el encantamiento de la participación, algo que parece solucionar esa verticalidad prepotente. Pero ¿quién participa? Existen muchos tipos de sectarismo.

La maquinaria unificadora exige que nos adaptemos lo más posible y bajo esa rúbrica se ponen en marcha diferentes fórmulas para canalizar los deseos. Puede que esos llamados ecosistemas cumplan eficazmente con el objetivo de agrupar y mantener el control (qué manía con llamarlos ecosistemas, qué metáfora más desafortunada y excluyente) a través de una especie de complicidad individual, de una especie de “consentimiento comprometido”. Se ponen en marcha los afectos y los deseos para trabajar en un espacio que, aparentemente, camina hacia la transformación. La apropiación de los conceptos y las ilusiones bajo una retórica de transformación social más o menos profunda. Se habla de emancipación y es difícil de rebatir si no se profundiza. Se habla de libertad y de colaboración y de felicidad y de autonomía… Cómo no estar de acuerdo. Cuando todo se olvida, todo es nuevo.

Al final nos encontramos con la “hipertrofia de la innovación” que se acerca más a los objetivos de determinadas élites mientras el resto de la realidad social sigue sin existir. Es muy difícil que los “individuos comunes” participen en estos procesos. Al fin bien puede tratarse de una producción social bajo control. El control de los hallazgos subversivos y su redireccionamiento hacia formas normalizadas de novedad. O también hacia una especie de ocultación mediante la terminología adecuada. La innovación tutelada.

Y entre tanto, la vida de la innovación en/desde/para los asuntos públicos se canaliza desde algún lugar entre la estética y la retórica. Las palabras van anidando entre una multitud que busca inspiración en todo aquello que le permita adornar la realidad con complementos placebo. Es la gestión estampada y en colorines. La innovación se ha convertido en un ejercicio en el que triunfan las tendencias. El maquillaje y Ias sombras negras que aportan intensidad. Una ventaja porque mañana ese maquillaje se limpia y se puede renovar. Genial. Y en todo este entramado ese ejercicio maquillador depende como nunca de la administración pública como esa gran estilista, como esa gran allanadora de caminos. ¿O no ha sido necesaria la implicación activa y entusiasta de la administración pública para difundir y consolidar esas fantasías de economía colaborativa y de la abundancia? Por poner un ejemplo. La innovación no es neutra.

Y no lo es porque nace y se desarrolla desde esas “realidades expertas” que van indicando según interese. La ciudadanía bien puede vivir en “otras realidades”. O desearlas. Pero lo cierto es que siempre van a ser canalizadas y adaptadas según esa visión experta, la de quien sabe qué es lo conveniente y por dónde van los futuros. Por ello tenemos una innovación dentro de los límites de lo posible. Algo que reproduce el binomio experto – lego.

Pero no quiero hablar únicamente de los espacios “oficiales” institucionales, existen espacios “alternativos” que ejercen otras formas de canalización de aparente proximidad pero que también mira al resto desde “otro arriba”; como si en “su lugar” se cumplieran todos los requisitos de pureza. Son asuntos que quiza puedan desarrollarse en otro momento pero no me resisto a incluirlos en esta reflexión: ¿Qué se quiere decir con “estar abiertos a la ciudadanía? ¿A qué ciudadanía? Porque hay infinitos tipos de ciudadanía ¿Cuál es el verdadero índice de penetración en esa ciudadanía a la que decimos dirigirnos? ¿No pueden llegar a ser una especie de burocratización tambien ciertos procesos de asamblearismo? ¿No pueden convertirse también esos “espacios comunitarios” en lugares cerrados? No hay que perder de vista que la diversidad siempre está fuera de nosotros y que es muy sencillo caer en la parcialidad.

Ya no sé si la innovación es libre. “Lo homogéneo es inhóspito” diría J. M. Esquirol.

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