imaginarios de contragestión (II)

Uno de los artículos de Umberto Eco recogidos en el libro “De la estupidez a la locura” se titula “Cada vidente ve lo que sabe”. Casi podría este post reducirse a ese título y que cada quien tomase el camino reflexivo que se le antojase. Yo voy a encauzarlo desde los procesos de esa llamada gestión de la cultura. Y más bien desde esos otros imaginarios que intentan observar desde ópticas alternativas, fuera de las ortodoxias que han construido esta realidad que tenemos. Imaginarios de contragestión, aquellos que buscan y actúan desde sentimientos y emociones sin un reglamento definido, sin seguridades estratégicas, sin directrices, sin demasiada obediencia, con resistencia …

También con la idea de poner en tela de juicio los criterios estructuralistas de esas normativas varias (institucionales o no, emprendedoras, desarrollistas…) que generan esos relatos, esos fetiches que la atan, a veces de forma bienintencionada, al dogmatismo del progreso, como decía Benjamin. O que la pone en la órbita vacía, del capitalismo del conocimiento. En definitiva: la semántica que atrapa.

Abro pues una serie de anotaciones /reflexiones que pretenden evitar una cultura deshabilitada. Iré abriendo imaginarios para pausar en esa contragestión.

# La gestión de la cultura suele consistir en una “cultura dada” ofrecida como un relato cerrado y encerrado en unas normativas de usabilidad y rentabilidad que parten de los mitos de lo correcto, de la calidad, de la rentabilidad y de los modelos de una burguesía y una élite ilustrada que transmite de forma generosa lo que el resto debe conocer, debe aprender y aprehender, debe disfrutar…

# El relato triunfante de los últimos tiempos ha sido el del emprendimiento y las economías creativas. Algo muy rentable para las instituciones (siempre hay mano de obra para tirar de ella) y los bancos (siempre hay quien se hipoteca para alcanzar sus ilusiones de libertad). Algo muy rentable también para determinados gurúes y políticos farsantes.

# El capitalismo creó el concepto de cultura que hoy se gestiona y el neoliberalismo (que también es cultura, recuerden) lo ha colocado en la posición de explotación a través de sus dispositivos institucionales, convertidos en distribuidores y expendedores. La semántica institucional ha consolidado los procesos de canalización. Deshabilita el carácter transformador de la cultura y la devuelve inocua. Sólo se “concede” lo que concuerda con el mercado, lo que puede salir de la invisibilidad a través de altas capacidades de difusión… La cultura se ha convertido en otro canal más del pensamiento dominante.

# Quizá la cultura gestionada haya derivado en una ficción colectiva administrada de forma jerárquica. Cinco cimas de esa jerarquía las componen quien ha alcanzado la posición de poder requerida: por la burocracia institucional, por el encumbramiento mediático, por el éxito profesional, por el posicionamiento en el mercado, por el prestigio académico… Fuera de este pentágono de influencia, las  realidades ex-céntricas se reconocen muy difícilmente|

# A cada acto gestionado y programado le sucede irremediablemente el siguiente aunque sólo sea para cumplir el programa, para continuar con el relato. Es un proceso que sirve para reforzar esa construcción de la realidad que todo poder necesita. La gestión pasa a ser una escenificación, una ordenación de la realidad, una reconstrucción desde lo normalizado, desde lo conocido y jerarquizado.

# La gestión como semántica institucional se convierte así en una canalización de los relatos dominantes y al servicio de la propia institución. Un ordenamiento claro sobre lo que “debe ser”. No hay más que ver la homogeneidad de las programaciones y las tendencias.

# Una gestión perfectamente estructurada es una patología. Es el seguimiento de un orden impuesto para caminar por un territorio construido “desde lejos” y desde las ficciones de modernidad que cada cierto tiempo se imponen (colaboración, innovación, creatividad, emprendimiento…). Es ese aglutinante que se necesita para conformar una sociedad sin fisuras. La gestión como pulsión normalizadora.

# La gestión, al final, se reduce a una interpretación jerárquica de lo que es y no es, de lo que conviene, lo que interesa… Según quien la domine, la controle (cualquier élite institucional, económica, académica, financiera …) así serán las dinámicas que se construyan.

La contragestión supone entrar de lleno en las narrativas, en esa construcción que nada tiene que ver con el relato dado. Es un impulso que se concibe desde un entorno de relaciones fuera de las intervenciones pragmáticos. La incertidumbre como espacio, como algo que se inserta les la estructura sobre la que construir. Como señala Alberto Santamaría: ” el desequilibrio como forma de acción”. Los imaginarios de contragestión son aquellos que esquivan lo predecible. Que se construyen desde la falta de estabilidad y que abordan una contaminación abierta y deslocalizada.

Transformar y minimizar las infraestructuras pesadas y hacer el mayor esfuerzo por traspasar el control. Voy a señalar, sin intención de cerrar, algunos conceptos que pueden completar una especie de constelación conceptual, esa referencia de contragestión que favorece las narrativas ante los relatos.

Conectómica. Una ciudad es de un modo u otro en función de las conexiones que sea capaz de establecer, generar y mantener entre sus habitantes, sus instituciones, sus organizaciones… Contaminación neuronal.

Des-expertización. Olvidar esa división oficial entre quien sabe y quien no. Abandonar la graduación de poderes y traspasar la jerarquía organizacional. Ni existen líderes ni liderados.

Transfuncionalidad. Donde la institución deja de ser el portador de las teorías y la organizadora desde la autoridad.

Situaciónismo. De la programación a la provocación. La facilitación de exploraciones y la construcción de momentos temporales y fortuitos de transformación.

Comunitarismo. Más allá de la colaboración, que puede representar un momento puntual de agrupación de intereses individuales, se trata de provocar espacios y territorios que centren su interés en la construcción de una ciudadanía como soberanía común.

Inmediatismo. La acción sin mediación, minimizando hasta el límite de lo posible la planificación centralizada y la representación institucional. La valoración de la inducción ante la regulación.

Provisionalidad. La lógica nómada como antídoto contra las certezas. La comprensión de la complejidad fractal como método para abarcar las inmensas realidades. Eludir lo permanente.

Ética transware. Los valores, los cuidados, los afectos, las emociones… permanecen por encima. Algo que va más allá de la herramienta y el servicio y favorece el estímulo de las pequeñas utopías.

Voluntad bacteriana. La sencillez del intercambio genético descentralizado, horizontal y promiscuo como referencia y metáfora. Tolerancia a los fallos. Reprogramación según lo recibido. Sin control centralizado. Activismo vírico

Proxicuidad. Dos lógicas complementarias: la proximidad y la ubicuidad. Lo global y lo local interactuando en un entramado que courthuge la multiplicidad.

Relatos y narrativas, gestión y contragestión. La diferencia entre los relatos y las narrativas es, en principio, simple. El relato es ese mercado en el que se ofrece empaquetada y lista para el consumo toda una gama de productos que “necesitamos”. La narrativa nos ofrece un espacio desde el que construir el modelo que entre todas queremos, imaginamos, deseamos. La contragestión es un espacio abierto que nos ofrece la posibilidad del activismo vírico. Trabajar sin un manual de instrucciones. Construir cartografías sobre las que perdernos.

Los imaginarios de contragestión son una huida del relato. Persiguen esas narrativas que refuerzan la creación comunitaria. Reproducen espacios que se convierten en lugares sin miedo, en lugares emocionales desde donde poder imaginar. La contragestión bloquea esa gestión-relato que impide aproximaciones, que reproduce (eso no es inventar futuros) y duplica según la arbitrariedad y habilidad de quién, política, técnica o politécnicamente, está al frente.

La narrativa desde esta contragestión interpela a las totalidades y a las certezas. Sale y abandona los entornos de privilegio y conmina a experimentar y confundirse, a usar las metáforas para construir. Contrarresta la homogeneización. Porque después del relato sólo queda un silencio que espera otro devenir planificado, dado, estático. La retórica de lo conocido. Sin embargo la narrativa es bulliciosa y nómada. Hay una gran diferencia.

En todo caso no es fácil sustraerse a esa tendencia de reproducción de subjetividades. Cuando las narrativas no alcanzan el suficiente grado de independencia (funcional, operativa y discursiva) se convierten en una cadena de transmisión que acaba por reproducir una novedosa forma de disciplina y jerarquía. Eso sí, siempre bajo el discurso de una modernidad comprometida y abierta, de una modernidad brillante. La maquinaria normalizadora vuelve a funcionar aunque desde otra perspectiva. ¿Hasta dónde pueden estos nuevos modelos ser un dispositivo de control actualizado? El poder aprende a usar cadenas de transmisión deslumbrantes e incuestionables.

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Un comentario en “imaginarios de contragestión (II)

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