maquinarias de gestión. o el espectáculo de las ofertas.

La gestión y la programación (no me quedaré únicamente en el ámbito tradicional de la cultura) suponen una verdadera maquinaria de generar “realidad”. Podríamos considerarlas como un auténtico sistema de producción (a través de la llamada gestión) que confeccionan estupendos catálogos (lo que se considera programación) en un entorno de consumo (lo que se dice que es participación). Algo con sus normas de mercado y con sus exigencias de rentabilidad y posicionamiento. También por ello de abuso de mano de obra (muy sibilina en algunos casos y siempre sustentada sobre el precariado y las necesidades) y de plusvalías (como se verá no siempre económicas pero evidentemente simbólicas). Que muchos de estos espacios, de estos modelos y de los productos que generan se consideren “revolucionarios” da buena cuenta de hasta dónde han caído nuestras exigencias de rebelión. Otra de sus secuelas es que nos lanzan a una normalización de la cultura neoliberal: la distribución de estos productos, de su puesta en valor en un mercado de evidente competitividad y de la lucha de sus “ejecutivos” por alcanzar el siguiente nivel en el ranking de ‘gestores innovadores”. En todo caso un acto de sumisión al sistema con algunos simulacros de progresía, algo que siempre viene bien para pasar algunos filtros. Una adaptación total al discurso de la modernidad dominante y muy poco de razonamiento propio.

Por ello, cuando los “técnicos/gestores” se convierten en ”ejecutivos” el principio que instaba a las administraciones públicas a adoptar los modelos de de la empresa privada está cumplido. Esto es así y va a seguir siendo mientras las plataformas para consolidar el andamiaje sigan en manos de quienes han abrazado con tanta fuerza el dogma. Por parafrasear a Wolfgang Streek podemos decir que la administración pública está metida dentro del mercado y responde a sus modelos e intereses. Ya no se trata de redistribución y de acceso sino de alcanzar determinados objetivos de rentabilidad y de la obsesión por aportar un buen catálogo. Crecimiento y acumulación son las referencias y sólo pueden conseguirse a través de la presión interna y la anulación de los límites, ambos sustentados sobre la motivación, la inspiración, la superación, la implicación, la autoestima… y todos esos discursos de coaching empresarial, una mezcla de autoayuda cretina y neoliberalismo cafre. No sé si pensar que estamos regresando a esa exaltación franquista de los tecnócratas, el gestor elevado a una categoría indiscutible de experto y legitimado para los procesos de ingeniería social (hoy innovación).. La autoridad cultural.

Lo que viene a continuación son algunas notas para reflexionar sobre esa cultura que vive en una especie de burbuja maravillosa donde la innovación y todos sus complementos nos catapultarán hacia un mundo feliz: las nuevas mutaciones. Unas notas tomadas para construir un texto más amplio y documentado que seguro no podré de momento materializar. Prefiero pues ofrecerlas así para que no se pierdan. Voy a referirme sin orden a tres ámbitos: los modelos (cómo se gestiona y cuáles son sus fundamentos), los productos (qué se produce y cómo se distribuye), los conductores (quién maneja los hilos). También una cuarta referencia: los expertos que desde diferentes púlpitos multiplican y consolidan los modelos (en algunos casos coinciden con los conductores). Veamos.

  • Más allá de las cuestiones puras de la gestión/producción, sería bueno reflexionar también sobre la realidad de un contenido dirigido a una ciudadanía en cierto modo privilegiada. Una oferta que es de clase y excluyente donde poco tienen que hacer quienes no pertenecen a ese grupo diferenciado por su formación, por su nivel académico, por su poder adquisitivo (propio o porque cuentan con un entorno familiar propicio), por su posición. Todo a pesar de una programación que pretende romper formas y modelos, que se dice disruptiva… pero que muchas veces ofrece nombres nuevos a viejos delirios, que cambia formas pero no fondos. En todo caso una oferta muy del gusto de todo ese mercado que reclama continuas novedades (de lo moderno) y movimiento perpetuo (de lo urgente) . Todo muy homogéneo al final. ¿Encuentran ustedes mucha diferencia entre los catálogos de las diferentes ciudades? La cultura de lo políticamente correcto ha transcendido y ha alcanzado lo programáticamente correcto. Una variante de este modelo es la gestión selfie. Esa que se asemeja al “aquí sufriendo” (pie de estas inevitables fotos en playas paradisíacas), y llega al ” aquí, gestionando”. La intención en la misma.
  • Los modelos de gestión, estas maquinarias de producción, se consolidan como un mecanismo más del gestor para reforzar también su identidad (el selfie). El gestor usa “su producto” como una forma de distinción, como un modo de posicionamiento. La gestión se convierte en una herramienta simbólica que forma parte de ese juego por estar entre los más auténticos, lo más modernos, los más avanzados, los más innovadores… Desgraciadamente no dejan de ser una simple y eficaz cadena de transmisión de las últimas tendencias, de lo que se lleva… Y, por supuesto, un extraordinario mecanismo para acumular capital simbólico: autoridad, prestigio, reputación… Por supuesto todos estos ‘novedosos” sistemas de gestión se desarrollan desde el paradigma de la economía capitalista y la lógica de mercado con lo que se encuentran sumidos en un alto nivel de competitividad. Un estupendo ejemplo también de empresarización de todos los órdenes de la vida.
  • La “gestión/producto” convierte al gestor en un comercial de tendencias que genera un bucle infinito en el que también se propicia el consumo interminable. Todo se convierte en un supermercado de ideas transformables y adaptadas a una clientela fidelizada. Un entramado de transacciones que vienen determinadas por la competición para ocupar la cima. Nada es suficiente para aumentar ese catálogo perfecto, un auténtico modelo de acumulación capitalista que viene reforzado por descartar todo aquello que no tiene cabida la el ideario neoliberal de la individualización, la homogeneización y el consumo.
  • El productivismo y la rentabilidad son las dos ambiciones de estos modelos, de esta gestión mecanizada. Y para ello tiene que visibilizarse y monetizarse. Si no se ve, si no se publicita, si no se enseña, si no sale en los papeles es como si no se hiciera. No sirve la utopía de lo sencillo, de lo que no cotiza en bolsa. Es necesario construir la realidad desde las imágenes, desde las representaciones. Es más rentable el “como si” que el hecho. Para eso están hoy las redes y las tecnologías.
  • La redistribución de la riqueza hacia los ricos, uno de los fundamentos de la ideología neoliberal, tiene en estos modelos su imagen. Las maquinarias de gestión bien conducidas distribuye su catálogo entre quienes cumplen unos determinados requisitos de privilegio (quién puede participar o acudir a esas estupendas ofertas muchas de ellas en formato laboratorio) Es una buena manera de homogeneizar y perpetuar una cierta dependencia del saber, la normalización desde arriba. El espejismo y la falacia de una distribución igualitaria a través de estos programas (muy innovadores y revolucionarios todos ellos) contribuye a consolidar clases y procesos muy conservadores al final. Mantener un espacio de privilegio bajo la apariencia de innovación social sin socavar de verdad la autoridad, las jerarquías, las dependencias…
  • Hoy también funciona muy bien convertirte o que te conviertan en mentor. Los intelectuales han sido sustituidos por estos “técnicos” pero no se sabe muy bien quién les concede esa autoridad. O sí: Sólo después de haber pasado por una criba entre iguales es posible convertirse en pope. Son bien necesarios para esa complicidad estructural.
  • El grave peligro es que todo viene envuelto en un bonito papel de modernidad que desde los noventa no ha parado de evolucionar. Abrazar los mercados y dignificar a partir de la economía disolvió todo resquicio de comunitarismo. A partir de entonces esas alas dadas han permitido que los discursos neoliberales se normalicen y desactiven lo no apto para el mercado. Ahora asistimos a la “estética de lo social” a partir de ciertos discursos de innovación. No se lo crean. O no se crean todos y, por favor, indaguen un poco qué hay detrás o debajo. La innovación folclore. Tal y como existió una cultura de la transición (CT) que trabajó para que poco cambiase, el modelo se reproduce hoy y se multiplica un modelo que trabaja la estética, que adapta ciertos discursos, que se arrima a alguno de ellos para componer otra forma de transición que tampoco rompa ni moleste. Habitualmente son los herederos ideológicos de la CT pero adaptados al momento.
  • Hackear se ha convertido en el verbo fetiche. Me mosquea. Las maquinarias de gestión son hackeadas, dicen, deben cambiarse desde dentro. De acuerdo en lo general. Luego hay que ir viendo lo particular y sus realidades. Habitualmente consiste en aplicar esos modelos tan estupendos de la empresa privada guay, esos modelos que te motivan, te implican, esos que aplican el engagement y las mil bondades (siempre en inglés) que recomiendan los expertos y coach varios. En resumen, los modelos de una economía capitalista bien adornada. Y por supuesto cambiar burocracias analógicas por otras digitales. Dónde va a parar. En definitiva obligar a pasar por el aro pero esta vez con tecnología y redes y enlaces y amistades y… Nada nuevo, lo mismo pero adaptado. Pero eso también vende mucho y genera buenos dividendos simbólicos. El rey desnudo. Porque nada cambia y la mayoría de las ocasiones todo se sigue haciendo desde esa superioridad de “ser generosos”. No hay alteración sino simulacros mejor conseguidos. Sigue la autoridad, una autoridad muy enrollada, eso sí.
  • Y en estos foros se habla de grietas por las que entra la luz y se puede hacer fuerza para desintegrar el muro. Pero habitualmente esas grietas ya han sido ocupadas por un “neoliberalismo progresista” muy hábil para armar discursos y provocar espejismos. Lo peor es que esta retórica se está asentando, ocupa todo el espacio y pone freno a cambios completos. La innovación social se está llenando de estos discursos, de estos modelos, de estos entretenimientos.
  • La lógica de mercado funciona de forma muy extendida y sólida en la gestión pública. También en la local. La lógica del rendimiento y del rédito económico se traducen directamente en el rendimiento político (hay técnicos verdaderamente implicados en entornos de partido) y en el rédito simbólico (una estupenda forma de hacer carrera fuera). Teoría capitalista al cien por cien que muchas veces se traduce en una verdadera sobreprogramación. Para ello es necesario, cómo no, construir con valor dogmático, que no se ponga en cuestión la necesidad. Y por supuesto una desaforada competitividad. ¿Observan la contradicción? Programas que pregonan el compromiso, la innovación social, la colaboración, la modernización de los asuntos públicos… No se trata sino de actualizar los discursos del capitalismo y adaptarlos a un nuevo orden. O como dice Iñaki Domínguez en su Sociología del moderneo “… el pastiche se ha convertido en la única manera de innovar”
  • Existen unas constelaciones en el mundo de la gestión local de las que no puedes prescindir si quieres estar en la pomada. Se trata de ajustarse al procedimiento vigente, a unas líneas marcadas que se pretenden innovadoras. Muy poco discurso propio. Mucho ajuste. Y sobre todo, mucha transgresión dentro del marco de lo tolerado. En todo caso estas constelaciones te garantizan superpoderes. Son productos mágicos que ennoblecen a quien los cita (y a quien los incluye en su catálogo). La programación convertida en un bazar con las nuevas tendencias. Y quizá, aunque parezca paradójico, la gestión y la programación convertida en un objeto de consumo. El manejo de estas constelaciones convierte al gestor en un consejero con aptitudes superiores que le conceden el poder para conocer lo que el resto necesita. En general se gestiona como se consume, desde los mismos criterios.
  • Los lugares masificados pueden ser un estupendo símil para entender estos espacios de pensamiento. Al estar abarrotados no te puedes mover libremente. Esto a determinadas personas les da una gran seguridad. Una aglomeración que les permite sentirse integrados. El espacio abierto del pensamiento suele ser hostil para ellos. Los espacios de gestión también tienden a masificarse y a ofrecer esa seguridad. En este caso la gestión se limita al consumo y distribución de determinados “bienes de programación” homologados y certificados. Sin riesgo. El prestigio se duplica: por un lado para quien lo programa, por el oro para quien lo consume. Una individualidad que se ajusta a los patrones.
  • Estar en el mercado de la gestión consiste en circular según esos patrones. La imagen social de una institución moderna se obtiene desde esa adaptación. Importar tendencias es lo que te mantiene en ese nivel si no eres capaz de ofrecer nada singular o propio. En este caso tanto la institución (o el servicio, o el área, o el departamento …) y su técnico o técnicos responsables entrarán en un círculo de prestigio desde el que se irán retroalimentando unos a otros. Todo debe ser aceptado para programar y ser programado. El prestigio intelectual viene solo. Por supuesto sobre el pensamiento crítico cuando se pertenece a un círculo tan influyente y considerado. Bauman y su “narcisismo colectivo”.
  • Este modelo de gestión maquinaria, de sistema de producción, convierte al gestor en accionista. El rédito de poner en circulación sus productos va más allá del servicio público debido. Pasa pues a ser un simulacro. Como ejemplo más sólido se puede identificar a la innovación, la colaboración y la creatividad como los tres vectores que no deben faltar en ningún catálogo. Es lo que convierte en superprogramación a una programación vulgar. Un simulacro de conciencia, un auténtico ritual de programación.
  • Claro, quién puede estar en contra de esto, quién puede estar en contra de de la innovación, de la creatividad, de la colaboración… El escenario es perfecto si no se profundiza. Si no se bucea por la maquinaria escénica. ¿Puede el consumo superficial de esta trilogía facilitar un lavado de conciencia? La saturación inmuniza. Incapaces de promover una acción profunda que desmantele, se monta y desmonta una superficie que mantiene la maquinaria.
  • La producción/programación en cadena supone tan solo un mínimo entrenamiento.

 

Yo soy porque tú eres, somos porque sois: ubuntu. La comunidad. Lo contrario es la individualidad y representa el principio sobre el que la economía capitalista descansa, la economía sobre la que se genera toda una parafernalia de gestión a menudo mal disimulada. Maximizar la utilidad es el principio que predomina. Todo es dogma y no se puede discutir.

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