del fin del trabajo como recurrencia

Hace tiempo, allá por los 80 del siglo pasado, Andre Gorz, entre otros, ya introdujeron sus tesis sobre el fin del proletariado y esa supuesta pérdida de centralidad del tabajo. Desde entonces, con mayor o menor énfasis y desde tribunas más o menos neoliberales, se vuelven a repetir estas tésis sustentadas en una más que recurrente trilogía: la tecnología, la anulación de las barrera trabajo/ocio, y, cómo no, la socorrida economía colaborativa (tecnología del XXI y drerechos del XIX).

La desarticulación de los sistemas productivos y del mercado de trabajo viene acompañada por un discurso absolutamente perverso y elitista que pretende reducir las contradicciones y hacer del trabajo remunerado (empleo) una actividad social menor hasta desligarlo definitivamente de su trascendencia política. Evidentemente la hiperfractalizacción de la sociedad es más que interesante para los objetivos de estas corrientes metacapitalistas que usan a la perfección multitud de productos placebo muy eficaces para la homogeneización de comportamientos y tendencias (emprendimiento, liderazgo, innovación, competencias…) Y por supuesto, todo aquello que forma parte de los entornos tecnologicos en todas sus variantes. Vamos que el análisis del trabajo nada tiene que ver con asuntos vulgares. Ni por supuesto con ese porcentaje de la población, vergonzosamente alto y cada vez más numeroso que está entrando en situaciones de pobreza irreversibles.

En ocasiones quiero pensar que todos estos argumentos no son sino un exceso de optimismo, exagerado e ingenuo, sobre un futuro tecnologizado. Pero me dura poco. Y aunque así fuera, no deja de ser una ingenuidad peligrosa y connivente.

En todo caso, como dice Emir Sader y por aludir a uno de esos tres ejes que sustentan esos argumentos, “No es la tecnología la que echa a los trabajadores, es la lucha de clases; es quien se apropia del desarrollo tecnológico…” Claro que, hablar de clases también está mal visto desde estos “nuevos liberalismos”. La enajenación del trabajo en los capitalinos avanzados vienen acompañados de una visión del futuro construido sobre cimientos abstractos y algo vacíos. La cuestión que subyace en todo este argumentario es la adecuación del sustrato socio-político a las necesidades y las condiciones de un capitalismo contemporáneo. Ya no existe un sujeto revolucionario. No existe la clase trabajadora, parece ser… sólo aquella que no se distingue, que no encuentra la frontera entre su dedicación laboral y su vida privada. ¿Puede haber mayor éxito y mejor vendido? Además quien no lo comprende es que es un rancio, un retrógrado, alguien anclado en modelos perdidos y caducos.

Jeremy Rifkin y su “fin del empleo” precisó ya hace tiempo su énfasis en este proceso sin apreciar demasiado cuál sería la correlación final de fuerzas en un entorno en el que SIEMPRE hay una compra de la fuerza de trabajo por parte de quien tiene el poder. Y esa compra puede estar integrada dentro de una estructura más o menos tradicional (fabrica, industria , empresa, institución …) o en esa nueva figura que pretende ser el emprendimiento, o todavía peor, en esa llamada economía colaborativa que va calando desde el apoyo de todo tipo de instituciones. La mercancía sigue siendo la misma de siempre: la mercancía somos todos nosotros, bien sea porque se nos compre directamente como herramienta (intelectual o física), o bien lo hagan de forma indirecta haciéndonos creer que somos libres desde esa canalización obscenade los emprendimientos y las economías colaborativas. En cualquier caso siempre seremos mercancia con fecha de caducidad y sustituible.

Desgracia añadida y que, a mi juicio, todo ese argumentario de la pérdida de centralidad política del trabajo agrava, es que el trabajo mismo es un perfecto “régimen de propiedad” en el que ciertas personas se ven en el derecho de marginar a otras. La exclusión de la actividad laboral por las razones que sean ( entre otras no tecnológicos el envejecimiento es la más despreciable) sigue viendo un arma de control. La actividad laboral (por cuenta propia o ajena, no se olviden los emprendedores) sigue siendo “objeto de comercio mercantil” (Riechmann y Recio) y, por supuesto, algo sujeto a un evidente régimen de propiedad.

No me resisto a abrir otra vía crítica mencionando a Hegel y su “Fenomenología del espíritu” en la que nos habla de la formación de la “conciencia de si mismo” en función de afirmarse como sujeto libre a través del conflicto amo-siervo. Claro que eso ya está superado por esas retóricas de la motivación, la implicación, el reto, el compromiso… que a través de la generación de “competencias” y del mundo coach. Ahora ese conflicto no existe y el “yo saturado” (Gergen) pasa a formar parte de un todo maravilloso en el que nos sentimos hiperrealizados.

Otra cuestión que me viene: si ese discurso de la pérdida de centralidad, del convento del tiempo de ocio, de la superación de fronteras… es cierto ¿ Cuál es la razon por la que la reciente directiva europea permita ampliar la semana laboral hasta las 65 horas? Algo no cuadra. Hablar de un modo tan, disculpen, frívolo, supone una afrenta a todas esas personas excluidas o hiperexplotadas. Además de supone que una enorme masa de población, entre la que yo me encuentro, podemos prescindir del trabajo en una sociedad como la que tenemos. y no me importaría lo más mínimo un cambio radical de modelo. Algo que no vendrá de ningún modo desde esas pretendidos innovaciones que más bien modifican para perpetuar.

Evidentemente la clase obrera ya no cuenta con ese papel que sustentaba el conflicto capitalista. La ofensiva neoliberal ha agudizado la individualización asalariada y ha impulsado la autónoma. Esa ha sido la principal estrategia: convencer de la no centralidad a partir de premisas que han conducido a la pérdida de identidad. Aún así el salario sigue viendo el fundamento para la subsistencia. La falta de crítica en este sentido nos lleva a ir la cintura de una realidad evidente. Aunque, insisto, ni son efectivas las viejas fórmulas, ni son los vinos espacios y tiempos ni, por supuesto, el proletariado es el que conociones.

En todo caso no sé muy bien si estaremos ante ese fin del empleo o ante una superexplotación del trabajo (Sotelo Valencia) en la que, aprovechando las coyunturas de precarización fruto del declive industrial y la globalización financiera especulativa. Los “nuevos modelos de crecimiento” requieren de contextos y argumentarios que apoyen esas tesis estructurales. No deja de ser un nuevo patrón de acumulación del capital. Solo falta observar cómo evoluciona la brecha social, cómo, cada vez, hay mayor distancia entre la riqueza y la pobreza, cómo cada vez más personas se hunden en ese mundo de precariedad. Lo triste es que este patrón de acumulación del capital no podría darse sin la intervención de los Estados y, en una buena parte también, de medios de comunicación y un aparato técnico que multiplica. Esta teoria del “post-industrialismo” no deja de ser un intento de articulación regresiva en la relación capital-trabajo. la normalización de las pérdidas bajo la retórica de los nuevos tiempos. La ruptura unilateral de las reglas del juego. O lo tomas o lo dejas. La institucionalización de la precariedad, la desprotección, la informalidad, la eventualidad… bajo las premisas de lo nuevo.

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